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Analisi del 2014

I folletti delle statistiche di WordPress.com hanno preparato un rapporto annuale 2014 per questo blog.

Ecco un estratto:

Un “cable car” di San Francisco contiene 60 passeggeri. Questo blog è stato visto circa 1.300 volte nel 2014. Se fosse un cable car, ci vorrebbero circa 22 viaggi per trasportare altrettante persone.

Clicca qui per vedere il rapporto completo.

Once extremos izquierdos

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Nunca jugaron juntos, pero de haber coincidido en un terreno de juego no habría sido en el de la Lazio. Aquí os propongo la alineación más “zurda” de la historia…rigurosamente de 1 a 11!

1 Claudio Tamburrini: Portero del Almagro en la Segunda argentina, hasta que a mediados de los 70 los militares lo secuestraron por colaborar en una asociación estudiantil. Se escapó del campo de concentración donde fue recluido. Sus torturadores se referían a él como ‘arquero’. De su historia escribió una novela, Crónica de una fuga, de la que se hizo una película. Se exilió a Suecia y hoy es un profesor universitario que escribe sobre fútbol y paz.

2 Wim Rijsbergen: En el Mundial ’78 corrieron muchos mitos sobre la colaboración de jugadores con las Madres de la Plaza de Mayo. Ninguno es cierto, salvo el de Rijsbergen, que se cogió una bicicleta, se fue a la Plaza y charló con ellas para prestarles su apoyo delante de los militares.

3 Iker Sarriegi: La correlación de hechos es fácil: titular en el Eibar que rozó el ascenso en 1997, fichaje por la Real Sociedad, lesión de rodilla, retirada, licenciatura de Derecho, abogado de presos de ETA, cárcel por colaboración con banda armada. Actualmente en libertad bajo fianza. El gran futbolista abertzale, ‘hijo’ de los Kortabarria, Iribar o Endika y ‘padre’ de los Zubikarai, Labaka, Koikili o Aranburu.

4 Oleguer Presas: El primer exiliado político del fútbol español. Vive en Amsterdam con su novia y del campo de entrenamiento del Ajax se va en bicicleta, posiblemente, a pasar las tardes en una casa ocupa. Fue visto por última vez en una manifestación y ‘con cargo’: era el que hacía fotos a los policías y la prensa.

5 Peter Vermés: Vale, éste no es de izquierdas, pero un yanqui que jugó un año en la Hungría comunista merece estar en este once. Llegó al Györi ETO FC en la temporada 88-89. Luego pasó cinco años en el Figueres. Su padre era un húngaro exiliado en EEUU tras la invasión soviética. Vermes hijo, sin embargo, declaró que no se notaba demasiado que hubiera comunismo en Hungría a finales de los 80. Angelito.

6 Sergio Manzanera: junto con Aitor Agirre, entonces jugador del Racing, decidió en 1975 sacar un brazalete negro frente al Elche tras escuchar en La Pienaica el fusilamiento de unos miembros de ETA y FRAP. Fueron multados y amenazados de muerte por la ultraderecha. Tuvieron que irse a vivir juntos para guardarse las espaldas. Sergio se retiró con 27 años. Es dentista en su Valencia natal. Sigue siendo de izquierdas.

7 Vikash Dhorasoo: El chico malo de la selección francesa del Mundial 2006, ha criticado durísimanente a Zidane por su falta de compromiso con los árabes en Francia. Muy activo contra el racismo y a favor del derecho de los homosexuales, era tan rápido y creativo como indisciplinado y problemático. En ese Mundial no se le ocurrió mejor cosa que grabar en Súper 8 las intimidades del vestuario y editar su documental sin el consentimiento de sus compañeros. Un documental de arte y ensayo que, por cierto, no hay quien vea.

8 Sócrates Brasileiro: El mejor jugador de la historia del fútbol,  y lo digo porqué es mi blog! Luchó contra la FIFA y fue el capo de la Democracia Corinthiana, el único proyecto comunal y exitoso de la historia del fútbol profesional, a comienzos de los 80. Hoy es médico y colabora con diferentes medios. Apoyó al PT, pero Lula se le queda a la derecha.

9 Dominique Rocheteau: ‘El Ángel Verde’, la elegancia trotskista del Saint-Étienne de los 70. Dicen que quiso negarse a que Francia fuera al Mundial del 78, aunque personalmente lo dudo. Tras cortarse el pelo y ponerse camisa, ahora trabaja en la Federación Francesa, posiblemente con la convivencia de Platini, que toda su vida ha sido fiel guardián del orden. Rocheteau ahora, como toda la gente que ha dejado de ser de izquierdas pero le da vergüenza reconocerlo, dice que es ecologista.

10 Cristiano Lucarelli: Livornés y muy, muy, muy rojo, que es como decir tertuliano de Telecinco y muy, muy, muy choni. El único jugador del mundo que no desentona en la curva Sur del Armando Picchi, la más roja de Italia. Un futbolista pro Fidel Castro que renunció a un millón de euros por fichar por el equipo del que era de pequeño da para hacer el libro o una película. Y le han hecho las dos cosas.

11 Raymond Kopa: Este hijo de mineros polacos, que un día dio lecciones de fútbol en el Real Madrid más franquista, participó en la ocupación de la sede de la Federación Francesa durante mayo del 68.

El último líder

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Un tipo que sabe de vinos, como Alex Ferguson, no bebe con cualquiera. Aquella tarde de 1996 eligió un salón privado del Midland Hotel: fachada red, arquitectura victoriana, centro pijo de Manchester. Una sala sin cuadros ni fotos, aséptica para los businessmen londinense que la pueblan a diario con reuniones pegados de hora… y una cueva mítica en la historia del Manchester United: allí firmó Eric Cantona su pasaporte red devil. Un hotel clasista por dentro y rojo por fuera, donde se hallaban tres tipos a los que muchos acusan exactamente de lo mismo: Tony Blair, entonces líder laborista y a un año de convertirse en primer ministro, su gurú en comunicación, Alastair Campbell, y el propio Ferguson, con diez años ya de experiencia en el banquillo del Man U. O sea, de los tres, el más famoso. Tony Blair finalizaba su asalto para quitarle la caspa a la izquierda inglesa a base de champú New Labour. Ferguson, copa en mano, le daba un par de lecciones sobre el liderazgo, como recuerda él mismo en una entrevista com Alastair Campbell aparecida en NewStatesman: “Mientras consigas que toda tu gente clave pueda permanecer en una misma habitación al mismo tiempo, no tendrás problemas”. Una década mas tarde, trabada una sólida amistad y una admiración recíproca, Tony Blair volvió a llamar a coach Ferguson. La habitación se le había ido de las manos. El capitán de su equipo, Gordon Brown, responsable de economía, pugnaba por hacerse con su cargo. ¿Qué harías si tuvieras un jugador brillante pero realmente difícil causándote problemas?” “Me desharía de el” “¿Y si después de deshacerte de él lo siguieras teniendo en el vestuario y en la plantilla? “Eso ya sería otro problema”… El propio Tony Blair relata la anécdota en sus memorias. Ferguson siempre vio Blair en el terreno de juego como un “delantero centro”. El perfecto killer. A su juicio, Gordon Brown, no pasaría de “mediocentro defensivo”. Si las elecciones son como una competición de futbolistas a ver quién vende más camisetas, ¿a quién elegiría la gente? ¿A Wayne Rooney o a Darren Fletcher? Pues eso. Alex Ferguson siguió entrenando al United llevando muchos años sin que nadie se le suba a las barbas. Tony Blair perdía el gobierno meses más tarde sin elecciones de por medio en manos de Brown. Y éste, líder mediocre, rubricó el hundimiento del laborismo cual López Caro en el banquillo madridista: el hombre equivocado en el lugar equivocado. El fútbol, la política, las carreras de caballos y el vino son, por este orden, las pasiones de Alex Ferguson. Y es igual de desmedido con cualquiera de ellas. En España, como entrenador de fútbol, se lo perdonarían todas menos una: ser socialista. Furibunda, genética y vocingleramente socialista. Con el cadáver de Zapatero caminando sobre el caballo como el Cid, Sócrates fuera de Portugal y Alemania, Reino Unido, Francia e Italia en manos del centro derecha, a la izquierda europea sólo le queda un mandamás de peso: Alex Ferguson. Eso sí, a la hora de la verdad, su criptosocialismo obrero sigue cayendo frente a esa izquierda leída, burguesa y con corbatas finas de Guardiola. Dos Champions a cero. Y lo del Barça es de gauche, que esos juicios no los carga el diablo, sino del propio Pep: “hacemos un juego muy de izquierdas, todos hacen de todo”. Pero Sir Alex es como un viejo sindicalista: nunca se desmoraliza. Y disfruta haciendo campaña, como un hincha caminando el domingo hacia Old Trafford con el City esperando en los vestuarios. Y no se esconde. Mayo de 2011. El Labour se huele la catástrofe en las elecciones al Parlamento de Escocia. ¿Solución? Llamar el escocés más famoso, con permiso de Sean Connery (por cierto, gran defensor del independentista SNP y rival político de Fergie). El partido identificó 10.000 hogares “electoralmente indecisos”, que recibieron una misiva firmada de su puño y letra por un tipo con 12 Premierleagues en el bolsillo. Por el estilo, o la escribió él mismo o un asesor muy bueno: “Estuve en Alemania el martes jugando contra el Schalke, en España viendo el Real Madrid-Barcelona el miércoles y de nuevo a casa para ver a los jóvenes del United contra el Arsenal el jueves. Pero no importa lo ocupado que esté. Siempre encuentro tiempo para saber qué está pasando en Escocia. No sólo en la escena futbolística. También en política. El jueves es un gran día y espero que mi equipo, el Labour Party, saque un buen resultado”. Y no se trataba sólo de un eslogan político-futbolero. Ferguson disertaba después sobre cómo conseguir que Escocia vuelva a generar empleo y se lanzaba a una diatriba anti-independentista con más intención que un centro con rosca de Ryan Giggs: “Leo mucha Historia y hay muchas evidencias de que en tiempos de dificultades económicas, el auge del nacionalismo puede ser un gran error … Sería una distracción de lo que realmente le importa a la gente: economía, empleos, escuelas y hospitales. El Labour es el mejor equipo para las familias escocesas”. Al final, el morrazo de Iain Gray, candidato laborista, fue notable y los nacionalistas obtuvieron la mayoría absoluta. Pero Ferguson sudó la camiseta. ¿Os imagináis Pep Guardiola mandando un mensajero similar a los votantes de ERC? ¿O Vicente Del Bosque, un progresista que siempre ha mantenido sus convicciones políticas lejos de los focos, firmando pasquines del PSOE? ¿Os imagináis a los tertulianos de Intereconomía desosando y chupando luego las altas del que osara dar un paso semejante? Ferguson vivió sus colores desde joven. “Mi padre era de izquierdas, así como la mayoría de la gente de donde vengo. Nací en un barrio obrero de Glasgow, Govan, y nunca perdí el sentido de la comunidad. Crecí creyendo que el laborismo era el partido de los trabajadores y lo sigo creyendo”. Y sabe lo que es currar. Mientras marcaba goles como delantero en el Queens Park de Glasgow, trabajaba en los astilleros de Clydeside, donde era enlace sindical… y ya impartía ordenes: llegó a encabezar un paro ilegal en lucha por mejores condiciones salariales. Pero, además de la sudorosa herencia de familia, Ferguson recuerda una imagen que le hizo guardar al Labour la misma fidelidad que al Manchester United: “Mi madre estaba muriendo en noviembre de 1986, dos semanas después de llegar al United. Agonizaba en el hospital Southern General de Glasgow. Un horro, los revestimientos colgando de las cañerías, doctores y enfermeras explotados… y muy poca dignidad en todo aquello. Siempre he visto al Laborismo como el partido que provee la mejor Sanidad para la gente y los Tories como los que se preocupan sólo por los ricos. El NHS (la seguridad social británica) está definitivamente mejor tras 12 años de Laborismo”. Su conclusión tiene algo de simplona, como un niño definiría una película de buenos y malos. Vive y piensa la política como el fútbol. Como un hincha. Así es Ferguson. Carné red, camiseta red, carrillos red. A Ferguson le tocó vivir las mieles del New Labour gracias a un Tony Blair que hizo posible “la unión entre socialismo y éxito”. Una definición que bien podría aplicar a su modo de conducir el United. La retórica seductora del ex primer ministro nada tiene que ver con los rudos modales del escocés malhumorado, pero ambos trazaron a la perfección el camino hacia el éxito, liberaron sin temblores a los suyos, cortaron cabezas cuando tocaba, controlaron la comunicación con maestría y dejaron siempre claro quién mandaba: ellos mismos. Ferguson no está solo. Igual que los buenos entrenadores que triunfan en Italia son casi siempre de derechas (Helenio Herrera, Trapattoni, Fabio Capello, Mourinho), y en la aburrida y despolitizada España no hablan de sexo ni política en publico, en Inglaterra los mas grandes siempre han sido de izquierdas o escoceses. O ambas cosas a la vez. En octubre de 2009 se hizo una encuesta en Inglaterra para conocer a los mejores entrenadores de todos los tiempos. Ganó Ferguson (26%), por delante del intruso Bobby Robson (14% debido a su fallecimiento tres meses antes), Bill Shankly (9%) y Bryan Clough (8%). Ferguson y Shankly nacieron en Escocia. Los dos, junto a Clough, siempre proclamaron con orgullo sus ideas laboristas. ¿Casualidad? No tanto. Hasta que a finales de los 80 empezó a ser cool, el fútbol siempre fue el deporte de las clases obreras británicas. Los potreros argentinos o las favelas brasileñas se sustituían aquí por un sentimiento de comunidad anclado en la santísima trinidad británica: familia, barrio, equipo de fútbol. De ahí salían los jugadores que, años después, se convertirían en entrenadores. Como la santísima trinidad de los banquillos british: Ferguson, Shankly y Clough. Bryan Clough no sólo ganó dos veces la Copa de Europa con el Nottingham Forest. También fue el mejor opositor a Margaret Thatcher que guió el Reino Unido en la década de los 80. De hecho, su primera Copa de Europa fue en 1979, cuando la mujer que doblegó a todos los sindicatos británicos obtuvo el poder. Solía decir que fue para robarle titulares. “Lo único que aún no ha prohibido esta mujer es votar laborista”, dijo una vez. Él mismo pudo comprobarlo, porque rechazó dos veces ser candidato del centroizquierda, pero no dudó en ponerse en primera línea junto a los piquetes durante las huelgas mineras. Mientras, Kevin Keegan y Emlyn Hughes le plantaban un beso en la mejilla a la Dama de Hierro en el 10 de Downing Street con la selección inglesa. Una de las raras veces que se vio sonreír a Thatcher, embutida en un horrible vestido de motas verdes mientras sostiene un balón. Lo que han cambiado los tiempos. Esperanza Aguirre, en semejante tesitura, se habría puesto los calzones de los pross y empezado a dar toques… “Mi socialismo viene del corazón”, comentó en 1968, cuando era un jovencísimo entrenador del Derby County, “tengo unos ahorros en el banco, una casa confortable y cosas bonitas a mi alrededor. No veo razón alguna para que los demás no tengan el mismo que yo”. Su utopía fue más futbolística que política: conseguir que en Inglaterra se jugase algo parecido al tiki-taka. En España, hoy, puede parecer tan común como que la abuela enchufe Sálvame. Pero en los 80 y en las Midlands… Clough también se crió en un socialismo genético. A él le gustaba definirlo con ese toque entre Clemente y Groucho Marx: “Mis mejores Navidades fueron aquellas en que me tocó el muslo del pavo. No crean, tuve que esperar mucho. Éramos ocho en familia y el pavo solo tiene dos muslos”. Familias humildes, en las que nunca faltaba de nada, pero sobraba todavía menos. Esa dignidad del sillón con remiendos pero el felpudo exterior de casa siempre impoluto en la que crecieron los mejores estrategas del fútbol de las Islas. El irreverente y lenguaraz Clough siempre fue un amante de la utopía: y no sólo en fútbol y política. Consiguió por ejemplo que Nottingham y Derby tuvieran algo en común: la carretera que les une, llamada Bryan Clough Way, en memoria del entrenador que más alto llevó a los equipos de dos ciudades que se detestan. Toda una forma de dejar su sello. Aunque le puede hacer competencia su gran amiga Margaret Thatcher, presidenta de honor del Blackburn Rovers sin que nadie sepa muy bien por que? La tercera hoja del trébol rojo del fútbol británico fue Bill Shankly, el hombre que hizo del Liverpool un mito en los 60 y primeros de los 70 con el mismo patrón que Clough: humildad, buen juego y frases para la posteridad. Escapó de las galerías bajo tierra y las caras tiznadas de Glenbuck (Escocia) gracias al fútbol. Nunca dejó de encarnar los valores, la idiosincrasia y el misticismo de los mineros, que han dado tantos buenos futbolistas como primeras líneas en rugby, en una época en que el Laborismo y la clase obrera empezaban a sufrir sus primeras crisis de pareja… Eran tiempos de crisis, la industria del carbón empezaba a costar más que a producir y la izquierda austera del primer ministro Harold Wilson, un intelectual que fumaba en pipa, no era muy bien entendida por tipos que se ciscaban en el Gobierno y se refugiaban el fin de semana en su pinta de cerveza y el juego ofensivo de los reds del Mersey. “El socialismo en el que creo es el de todo el mundo trabajando en pos de un mismo objetivo y recibiendo una recompensa por ello. Así veo el fútbol. Así veo la vida”, dijo Shankly. Tres tipos auténticos. Tres visones parecidas de tres generaciones de la izquierda y del fútbol británico. Tres tipos hoscos capaces de poner a una tropa de niñitos malcriados a sus órdenes como si fueran obedientes gurisa. “Creo que es porque mantuvimos los valores del tipo de sitio donde nacimos”, explica Ferguson: “trabajo duro, trabajo en equipo y principios sólidos”. Los tres entendieron, como Alfonso Guerra, que lo de las asambleas es para la Puerta del Sol, pero que un partido debe dirigirlo un líder. Musa Okwonga, en Will you manage? The necessary skills to be a great gaffer, definía los entrenadores en Inglaterra como “Estados de un solo partido”. Con “dictadores” se habría ahorrado cuatro palabras. Ferguson lo explica a su modo: “El día en que pierda el control de estos multimillonarios en el vestuario, estoy muerto”. Guerra lo hizo al suyo: “El que se mueva no sale en la foto”. En su biografía del coach del Man U, Patrick Barclay lo define como “un dictador de la convicción”. Sabe hablar a los futbolistas en su idioma, con sus aires de abuelo gruñón. Una de sus frases favoritas para los recién llegados a Old Trafford es: “Cuidare mucho de que cuando vuelvas a visitar tu madre vea a la misma persona que ella me envió. Si no entiendes toda esta fama y este dinero, tu madre estará muy decepcionada contigo”. Lógicamente los tres, Ferguson, Clough y Shankly, mientras predicaban a favor de la clase trabajadora, no tuvieron problemas en vivir como lo que eran: ricos del fútbol. Muchos se lo echaron en cara y todavía lo hacen con Alex Ferguson, como aquí en España algunos se lo reprochan a Valdano. Si un socialista puede presidir el Fondo Monetario Internacional, ¿porqué un socialista no va a entrar al club más rico del mundo? El entrenador red responde abrazándose a la ética del protestantismo: “Claro que es posible compatibilizar el bienestar con mis ideas políticas. Sigo manteniendo amistades de mis otros tiempos y siempre lo haré. He ganado mucho dinero, pero he trabajado duro y pagado mis impuestos”. Hace poco, preguntaron a Alex Ferguson por dos entrenadores franceses que van ganado enteros, los líderes de la Francia campeona del mundo del 98, Laurent Blanc y Didier Deschamps. Se deshizo en elogios. Hacia el final, explicó su peculiar porqué: ambos venían de una buena escuela: “Los dos tuvieron la suerte de trabajar con Aimé Jacques, un buen tipo, un socialista de verdad”

Un paralelismo en clave futbolística

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“Sed realistas, pedid lo imposible”. Bajo este eslogan decenas de millares de ciudadanos se manifestaron por las calles de París durante el llamado Mayo del 68. Sus protestas, salvando las distancias y el contexto, muestran cierto paralelismo con lo que hace tiempo llevaron a cabo diversos colectivos autodenominados “indignados”. Más allá de entrar a debatir la legitimidad de sus demandas, lo cierto es que ambos movimientos han tenido cierta incidencia en el mundo del fútbol. Mientras los indignados han expresado actitudes ambivalentes sobre el mismo, los manifestantes parisinos lo tomaron como bandera de sus reivindicaciones. El posicionamiento de los indignados es, como decía, discordante. Por un lado, un sector ha lanzado críticas severas aduciendo la creciente mercantilización del fútbol y su instrumentalización por parte del poder. Un análisis recurrente gestado entre cierta intelectualidad que, parafraseando a Marx, identificó este deporte como el sedante perfecto de las inquietudes ciudadanas. O sea, el fútbol como nuevo opio del pueblo en versión 2.0. Pero entre los indignados también se han dado muestras de empatía hacía el deporte del balón: solo así se entienden las celebraciones que se dieron en la acampada barcelonesa la noche en que el Barça consiguió su cuarta Copa de Europa en Wembley, con mucho indignados luciendo la elástica azulgrana mientras formaban parte del cordón de seguridad que preservó de altercados el campamento de Plaça Catalunya. Por su parte, algunos profesionales también han tomado parte activa en el movimiento. Dos jugadores del Rayo Vallecano se han adherido al manifesto promovido por los manifestantes de la Puerta del Sol de Madrid, mientras el extremo lerídano Jofre Mateu (Real Valladolid) colaboraba con los acampados pucelanos. Una situación que contrasta con la vivida cuando los parisinos salieron a la calle en 1968. Como muestra, el caso de las decenas de futbolistas profesionales y amateurs, liderados por los redactores de la revista Miroir du Football, con François Thébaud a la cabeza, que durante cinco días ocuparon la sede de la Federación Francesa de Fútbol, situada en la Avenida Iéna de la capital gala. Entre sus reclamaciones se encontraba la derogación de los contratos que ligaban los futbolistas con su club hasta cumplir 34 años, que dieron pie a Raymond Kopa, delantero del Stade de Reims, a comparar su situación con las de los esclavos. Precariedad laboral, eliminación de privilegios de los dirigentes, mayores cotas de libertad… estas fueron algunas de las demandas de los futbolistas durante Mayo del 68. ¿Pedían lo imposible o simplemente reclamaban justicia? ¿Eran realistas o utópicos? Lo cierto es que sus peticiones, lejos de perder vigencia, han sido recogidas en los manifestos publicitarios por los indignados. ¿Piden lo imposible?

Paseando por Via Filadelfia

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A excepción de los seguidores de la Juventus, por mucho que digan que precisamente ahí no los hay, se hace especialmente difícil encontrar un solo habitante de Turín que no sienta un pellizco de melancolía al pasear por Via Filadelfia y dejarse arrastrar hasta la avenida Giordano Bruno. Desde los más pequeños a los más mayores, todos saben, o alguien les explicó, lo que ocurrió en ese descampado insalubre que durante años fue el orgullo del Piemonte. En el rectángulo hoy descuidado, abandonado a la suerte de un barrio tranquilo, se alzó el estadio donde el Torino FC inscribió su nombre en el planeta fútbol. Allí donde ahora sólo queda un esbozo de terreno de juego, con una esquina testimonial en forma de grada, se cocieron seis de los sietes Scudetti que el club granate tiene en su museo. Pero, sobre todo, se vio el mejor fútbol de los años cuarenta, el que Ezio Loik, Valentino Mazzola, Menti o Ossola compusieron para armar un Grande Torino al que sólo la maldita colina de Superga, cosida al este de la ciudad, pudo frenar. Nadie le llamó por su nombre en los 37 años que transcurrieron desde que se inauguró (17-11-1926) hasta que fue utilizado por última vez (19-5-1963). El campo del Torino siempre fue el Stadio Filadelfia. Dejarlo para siempre no fue sencillo. Mucho menos derribarlo y dejar que en su interior crecieran matojos de distintas tonalidades. Y peor aún fue empezar una nueva vida junto al principal rival deportivo, la Juventus. El Stadio Comunale, refugio antes compartido de granate y blanquinegros y ahora exclusivo del Torino, no tiene el mismo encanto. como tampoco consiguió el breve paso por el Stadio delle Alpi (1990-2006) recuperar la mística del viejo feudo. Abrazarse a los trozos de césped del mítico estadio que el club subastó antes de su demolición se ha convertido en el eterno consuelo de muchos seguidores del Toro. Les prometieron que en el nuevo estadio esos pedazos de tiempo serían incrustados en uno de los muros. Pero los dueños no responden y mientras la Juventus ya lleve 3 años en el nuevo estadio, los paseos por Via Filadelfia siguen siendo catárticos.

J-Village, extraños en el vestuario

Workers wait for transportation to Tokyo Electric Power Co's Fukushima Daiichi nuclear power plant at J-Village near the plant in Fukushima

Acudir a La Ciudad del Fútbol de Las Rozas y encontrarse con el ejército de tu país encabezado por varios señores con mascarilla y traje anti-radioactivo suena a ficción. Pero cuando un unmisericorde terremoto hiere el alma de la nación y siembra el miedo en sus habitantes con fugas en una central nuclear, cualquier escenario es útil para tratar de diluir la psicosis. Aunque ese escenario sea el cuartel general de la selección de fútbol patria. El combinado nacional de Japón se ejercitaba antes del fatídico tsunami del 11 de marzo de 2011 en el complejo deportivo de la ciudad de Hirono, perteneciente a la prefectura de Fukushima, y también conocido como J-Village. Cuando cuatro días más tarde se produjeron las primeras explosiones de los reactores en la central de Fukushima I, situada 26 kilómetros al norte, un grupo nutrido de operarios tomaron los campos de entrenamiento para hospedarse, realizar exámenes médicos y recibir consejos avanzados sobre radiación y emergencias nucleares por parte de la Compañía Eléctrica de Tokyo (Tepco). Y allí se quedaron muchos meses, hasta la fecha de hoy donde una pequeña parte del complejo sigue a su exclusiva disposición. El complejo deportivo de la Asociación Japonesa de Fútbol, que tiene la sede administrativa en la capital, es hoy uno de los centros neurálgicos de las operaciones destinadas a rehabilitar y evitar males mayores en Fukushima I. Más de 125 estudiantes de la academia formativa tuvieron que emigrar al complejo de Goteaba, en la prefectura de Shizuoka, conocida también como ‘el reino del fútbol’ por la cantidad de cracks del balón originarios de esta zona. Allí disponen de varios campos de entrenamiento y los futbolistas profesionales del país se dejaron caer asiduamente para repartir consejos y devolver la sonrisa a los niños que sufrieron aquellos días difíciles para el país del Sol Naciente. Joseph Blatter, presidente de la FIFA, donó seis millones de dólares en concepto de ayuda a los culés y áreas afectadas por el desastre natural. Entre estas últimas se encuentra la J-Village, que hasta hoy sigue contando con extraños en el vestuario.

Sensible Soccer

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Traspasar el umbral del entretenimiento para flirtear con la adicción es un riesgo que la vida nos sirve en bandeja demasiadas veces, sin distinción de género, clase o edad. El creador de ‘Sensible Soccer’ (Sensible Software 1992) dio con la fórmula para que este viaje a la perdición transcurriera de forma segura, placentera e inocua. La obra de Jon Hare supuso una pequeña gran revolución para la industria del videojuego y si bien bebió de otros clásicos, dejó una herencia incontestable en la concepción de los simuladores de fútbol actuales. Por impacto, repercusión y nivel de nostalgia que genera entre los que lo vieron nacer, nos encontramos delante de una pieza inmortal. Su vista de pájaro, casi cenital, influenciada claramente por su predecesor, el mítico ‘Kick Off’, y que abarcaba casi todo el ancho del campo; la fluidez de las transiciones, con unos futbolistas que volaban sobre el césped con el balón enganchado al pie; la simplicidad de los controles, ‘robar-pasar-disparar’ fue durante mucho tiempo la máxima expresión de la jugabilidad; y un ritmo de lo más frenético, donde poco importaba si las animaciones eran repetitivas, fueron algunos de los pilares que permitieron a este juego lograr la unanimidad de crítica y consumidores. ‘Sensible Soccer’, que debutó en la extinta ‘Amiga’, sigue siendo el símbolo de una generación, a pesar de que su hegemonía no tuvo más continuidad que un año, tiempo que EA Sports aprovecharía para poner los cimientos de su gran franquicia: FIFA. Los adolescentes de nuestros días están acostumbrados a sentarse delante de su televisor Full HD y escoger el campeón de la liga australiana mientras grupos como Gorillaz o Massive Attack amenizan el menú de opciones. A principio de los 90, contar con ‘Jusyp Guardiola’ en tu equipo y repartir juego a un puñado de pixeles exaltados era suficiente para mitigar la sed de fútbol. El ‘Sensi’ dejó huella y lo logró a través de unos mecanismos sencillos pero terriblemente adictivos.

Dieguito, el rey de la baldosa

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Dicen en el jerezano Barrio de Santiago, el Harlem del flamenco, que nadie baila mejor bulerías en una baldosa que Diego el de La Margara. Diego Garrido Valencia es todo un personaje, un bailaor auténtico para los puristas del cantejondo y un mito entre los futbolero de la zona. Miembro de una de las sagas más celebradas del flamenco jerezano por parte de madre, alternó baile y fútbol hasta los 16 año, edad en la que aparcó los descampados para probar en un equipo serio como el Flamenco, simbólico nombre de una cantera del fútbol jerezano repleta de futbolistas con duende. Dieguito lo era. Medialuna de pellizco, extremo mentiroso con más fútbol que sudor, militó en el Cádiz durante seis temporadas (1981-87) formando parte de la cuadrilla con más tronío de la historia cadista, y dicen en el barrio de La Viña que del fútbol español: Mágico González, Pepe Mejías, Dieguito, Francis Carmelo… Apóstoles de un fútbol que define el sentir hedonista de los gaditanos. Años divertidos en los que Dieguito pisó “catedrales balompédicas como el Bernabéu, el Camp Nou, Atocha, San Mamés…”. Del Cádiz pasó al Xerez con naturalidad, regateando una rivalidad encarnizada con humildad y desparpajo. Un día lluvioso metió un gol desde el mediocampo en el viejo estadio Domecq. “Estaba todo embarrao y el portero andaba a uvas. Así que me dije: a este le hago yo el lío”. ¡Y vaya si se lo hizo! Aparcó el fútbol y ahora alterna su puesto de bedel en un pabellón municipal de Jerez con las bulerías en una baldosa en el tablao de la peña Tío José de Paula. Como la que bailó aquella noche en la Fiesta de la Bulería, el Wembley del Cante. Se arrancó su prima, La Paquera, la Aretha Franklin del flamenco, y a Diego se le fueron los pies. Sin prisa, con compás, con su patadita bien dá… Diego Garrido Valencia, Dieguito antes, Diego el de La Margara ahora. Un gacho que jugaba al fútbol, “mirando cerca y viendo lejos, recogido, con pellizco”. Como baila, como es…

God Save the Queen

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Mirándola ahora no lo sugiere, pero en algún momento Gran Bretaña supuso el centro del mondo. Quizá hoy parezca el Reino de los baños enmoquetados, las jóvenes rollizas en minifaldas ridículas y las barriadas lúgubres en ciudades grises. No hace falta visitar Sheffield o los suburbios de Glasgow para conocer esa atmósfera decadente y depresiva que evocan Trainspotting, The full mounty o Looking for Eric. Es verdad: mirándola ahora no lo parece, pero en algún momento Gran Bretaña fue un imperio pujante que regó el mundo con máquinas de vapor, soldados y té. La desindustrialización y la descolonización apearon a los británicos de la hegemonía mundial a mediados del siglo XX. Pero dos elementos de aquel poderío planetario han llegado a nuestros días con buena salud: el inglés sigue siendo la lengua franca de la humanidad y el fútbol, el deporte más practicado. Ambos bajaron de los barcos durante décadas, rebozados en el testosterona contenida de los marineros. No es difícil imaginar su alegría cada vez que atracaban en un puerto lejano y ponían en pie en el suelo, la mano en la copa y en la boca otra boca. Los británicos no inventaron nada: los egipcios, los chinos o los aztecas ya practicaban formas remotas del fútbol siglos antes que la Reina Victoria se bebiera su primero gin tonic. Pero de la misma manera que la especialidad inventiva del español es ponerle un palo a las cosas, ahí están la fregona, el chupachups o Nacho Vidal, los ingleses sobresalen a la hora de reglamentar. Así es como en 1863 una practica caótica y bastante bárbara se convirtió en un deporte competitivo. Luego llegaron los agentes de jugadores, los tertulianos y demás excrecencias comerciales que le han ido saliendo al balón. Juego, deporte y negocio: las tres edades del fútbol. Cabe preguntarse qué escenario habría conocido la humanidad si esa primera globalización no la hubiera protagonizado el imperio británico. Imaginemos un planeta en el que el deporte rey fuera el Toro de la Vega. Una sociedad en la que los modernillos de Honk Kong o Estocolmo berreasen los temas de Camela. Una democracia simbolizada por las tarjetas opacas de unos destripaterrones con camisa La Martina. En ese planeta seriamos los reyes, desde luego, pero que planeta, señores. Pueden estar en decadencia, pero les debemos buena parte de la cultura popular que hace más llevaderos nuestros días: los Sex Pistols y George Best, Little Britain y Le Tissier, Irvine Welsh y Paul Gascoigne. Las pelis de Ken Loach. El humor de los Monty Python. Anfield en una tarde de lluvia. Asusta pensar qué seriamos sin su música, sin su humor. Asusta pensar qué nos quedaría sin el fútbol, y sobretodo sin su fútbol!

05.04.14 FC Barcelona v Real Betis

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FC Barcelona maintained their title challenge this Saturday in a rollercoaster win against a spirited Betis side fighting to avoid the drop.  The visitors provided plenty of nervous moments for the Camp Nou fans and were even on top times, but two goals from Leo Messi plus a Jordi Figueras own goal were enough to keep pace with  Atlético Madrid at the top of La Liga.  The players can now turn their attentions to the Champions League. Despite the many distractions provided by the referendum, FC Barcelona started positively, with danger coming in particular from the right wing pairing of Alves and Alexis.  And it was the Chile international who teased Betis defender Jordi Figueras into bringing him down in the penalty box.  Messi stepped up to left foot the spot kick into the centre of the net. Barça’s best phase of the match came immediately after the opening goal.   Xavi, through the middle, and Alves down the right were constant threats for the visitors but Betis fought back stubbornly and persisted in their attempts to catch Barça on the break.  They came up against Sergio Busquets in magnificent form.  The midfielder had a superb first half, tackling, spraying out passes and going past opponents in a masterful display of technique and tactical savvy that had the fans chanting his name. Betis came out after halftime looking to take the game to Barça, spurred on by their desperate situation in the league.  Xavi hit the woodwork but it proved to usher in a period of sustained Betis pressure.  Manager Gabriel Calderón reaffirmed his team’s ambition by bringing on. Jorge Molina and Rubén Castro to join Leo Baptistao in a three-pronged attack. An unfortunate own goal by Jordi Figueras – the same player who conceded the penalty against Alexis in the first half – from Adriano’s cross, threw cold water on the Betis fight back. The game took another twist three minutes later when substitute Rubén Castro made it 2-1 with twenty minutes left to go. Betis pushed hard for the equaliser but inevitably left space at the back, especially for Neymar. The Brazilian forced Amaya into handling the ball in the area and once again Messi took the spot kick.  Betis keeper Adán guessed correctly but Messi seized on the rebound to make it 3-1.