God Save the Queen

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Mirándola ahora no lo sugiere, pero en algún momento Gran Bretaña supuso el centro del mondo. Quizá hoy parezca el Reino de los baños enmoquetados, las jóvenes rollizas en minifaldas ridículas y las barriadas lúgubres en ciudades grises. No hace falta visitar Sheffield o los suburbios de Glasgow para conocer esa atmósfera decadente y depresiva que evocan Trainspotting, The full mounty o Looking for Eric. Es verdad: mirándola ahora no lo parece, pero en algún momento Gran Bretaña fue un imperio pujante que regó el mundo con máquinas de vapor, soldados y té. La desindustrialización y la descolonización apearon a los británicos de la hegemonía mundial a mediados del siglo XX. Pero dos elementos de aquel poderío planetario han llegado a nuestros días con buena salud: el inglés sigue siendo la lengua franca de la humanidad y el fútbol, el deporte más practicado. Ambos bajaron de los barcos durante décadas, rebozados en el testosterona contenida de los marineros. No es difícil imaginar su alegría cada vez que atracaban en un puerto lejano y ponían en pie en el suelo, la mano en la copa y en la boca otra boca. Los británicos no inventaron nada: los egipcios, los chinos o los aztecas ya practicaban formas remotas del fútbol siglos antes que la Reina Victoria se bebiera su primero gin tonic. Pero de la misma manera que la especialidad inventiva del español es ponerle un palo a las cosas, ahí están la fregona, el chupachups o Nacho Vidal, los ingleses sobresalen a la hora de reglamentar. Así es como en 1863 una practica caótica y bastante bárbara se convirtió en un deporte competitivo. Luego llegaron los agentes de jugadores, los tertulianos y demás excrecencias comerciales que le han ido saliendo al balón. Juego, deporte y negocio: las tres edades del fútbol. Cabe preguntarse qué escenario habría conocido la humanidad si esa primera globalización no la hubiera protagonizado el imperio británico. Imaginemos un planeta en el que el deporte rey fuera el Toro de la Vega. Una sociedad en la que los modernillos de Honk Kong o Estocolmo berreasen los temas de Camela. Una democracia simbolizada por las tarjetas opacas de unos destripaterrones con camisa La Martina. En ese planeta seriamos los reyes, desde luego, pero que planeta, señores. Pueden estar en decadencia, pero les debemos buena parte de la cultura popular que hace más llevaderos nuestros días: los Sex Pistols y George Best, Little Britain y Le Tissier, Irvine Welsh y Paul Gascoigne. Las pelis de Ken Loach. El humor de los Monty Python. Anfield en una tarde de lluvia. Asusta pensar qué seriamos sin su música, sin su humor. Asusta pensar qué nos quedaría sin el fútbol, y sobretodo sin su fútbol!

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Pubblicato il 8 novembre 2014, in Football con tag . Aggiungi il permalink ai segnalibri. Lascia un commento.

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